De que en el mundo no faltan alimentos, sino que sobran injusticias.Profundizar en la dimensión patriarcal del sistema agroalimentario globalizado es una tarea obligatoria, como observa acertadamente Vandana Shiva: "de la semilla a la mesa, toda la cadena alimentaria tiene que ver con el género". Esta perspectiva nos insta a considerar el género no como una identidad individual, sino como un "sistema que estructura relaciones de poder, distribución, participación y derechos desiguales", tal y como señala una reciente publicación de The Thirld World Network. Históricamente, en la división sexual del trabajo, la producción de alimentos ha recaído principalmente en las mujeres, quienes han cosechado, cocinado, procesado y servido los alimentos desde prácticas de cuidado y diversidad. Sin embargo, la economía alimentaria de las mujeres no ha sido reconocida como trabajo productivo y menos aún la dominación patriarcal que se ha configurado por milenios; por el contrario, se ha refinado con el avance del poder corporativo, lo que les ha negado el acceso a los medios y recursos para continuar reproduciendo semillas, conocimientos y los alimentos mismos. Estas redefiniciones también han socavado la agencia de las mujeres y su capacidad de participación en los procesos de toma de decisiones, liderazgo y acciones colectivas. Entender que las luchas de la mujeres no son unilaterales, sino que entrecruzan sistemas de desigualdad basados en la identidad de género, edad, etnia, clase, raza y otras formas de discriminación, es fundamental para diseñar políticas públicas y de mitigación efectivas y acorde a la realidades actuales. Aunque las mujeres producen el 50% de los alimentos del mundo, apenas son propietarias del 2% de la tierra. Esta disparidad de género se hace también patente en las estadísticas relacionadas con el hambre y la malnutrición: las mujeres y niñas constituyen la mayoría de las personas que padecen hambre, superando en número a los hombres en 150 millones en 2021. Además, en la cría de animales, las mujeres son propietarias de menos animales, y normalmente de los más pequeños, como cerdos o aves de corral. Este sesgo no sólo les priva de autonomía económica, sino que agrava el hambre en el mundo. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) afirma que conceder a las mujeres acceso a las mismas condiciones que a los hombres llevaría a alimentar hasta a 150 millones de personas más.
Los hilos entrelazados del capitalismo patriarcal, el control corporativo, el crecimiento ilimitado y la degradación ecológica han fomentado un sistema alimentario insostenible e injustoComo las tierras de las mujeres han demostrado ser más agrobiodiversas, negarles su acceso erosiona las bases mismas de la vida. Históricamente, la humanidad ha consumido más de 8.000 plantas, 3.000 de ellas de forma regular, muchas gracias a la interacción de las mujeres con esas especies. El sistema agroalimentario corporativo despoja el conocimiento tradicional y lo privatiza; impulsa agendas económicas, políticas y culturales que serían impensables sin un arraigo patriarcal. Frente a las economías de las mujeres que piensan la comida en términos de alimentos, el sistema agroalimentario corporativo lo hace en términos de commodities.